Escasa fue la solidaridad con ese nuestro compañero mediático, pasando de largo la noticia de empujones y patadas por salas de redacciones y medios electrónicos.
El que a un periodista lo echen a patadas de un lugar público cuando intenta realizar su trabajo pasa casi desapercibido en un país donde se hace cada vez más invisible la línea que separa lo justo de lo injusto, lo creíble de lo increíble, la realidad de la ficción. Ese periodista quería entrevistar a Pedro Guerra, autor de canciones proteicas que invitan a la libertad, la solidaridad, el amor. Joven, sencillo, de energías estéticas conectadas con la sensibilidad epocal, Guerra probablemente ni se enteró de lo sucedido, a escasos metros de sus pies, en el Teatro Nacional. El valor de mercado de sus canciones parece erigirse en la única medida de su arte, y sus contratantes en el país lucen no comprender el tipo de relaciones humanas que el autor de Contra el poder convida a establecer en sus canciones. De lo contrario otro hubiese sido el trato dispensado a un periodista interesado en dar a conocer a sus lectores la trayectoria y la propuesta estético musical del astro de la canción postmoderna. Escasa fue la solidaridad con ese nuestro compañero mediático, pasando de largo la noticia de empujones y patadas por salas de redacciones y medios electrónicos, como síntoma de la patología corrosiva que amenaza el ejercicio del periodismo libre en nuestro país. Cuando un arrebatado de la palabra es maltratado de esa forma a uno no le queda más que mirarse en ese espejo, para en ella que es la mirada del otro saborear el amargo de percatarse de que hemos pasado a desconocer lo que somos como colectivo y como sector. Cuando periodistas se ven impedidos de realizar su trabajo por el interés de unos picadores de moneda es un hecho que por sentido común debería llamar la atención de la opinión pública, pero no, esto está lejos de ser noticia, noticia es un cabo degrado frente a una multitud por el jefe de la policía por picar transeúntes en las calles. Un cabo que se la busca por que con lo que le pagan le es imposible mantener su familia, mandar sus hijos a la escuela, pagar el alquiler de su casa y mantener su ropa limpia. Ese cabo que pica es noticia mientras se hunden en el pozo del olvido los recientes sucesos de Baní. Ese cabo es noticia cuando al mismo tiempo deja de serlo un colega pateado y golpeado al intentar salvar la dignidad de su trabajo. Así andamos en estos tiempos de lujuria mercantil, de insolidaridad intrasectorial, de búsqueda mercurial a como de lugar, de lúgubres días del periodismo nacional. Podrá gustarnos o no el carácter, el temperamento o la personalidad del autor de Palabras ajenas, pero tenemos que aceptar que se trata de un colega sin cola, sin dobleces, sin faltas en el código de ética que habita la conciencia de su profesión. En cualquier otro país la empresa del tal Symon Díaz se hubiese enfrentado al boicot, la mala fama, el repudio, el rechazo del poder mediático. ¿Por qué es distinto en RD? Las respuestas podrían ser abundantes, pero una pista para alguna certeza habría que buscarla en el entramado de las relaciones que suelen establecer los comunicadores y los medios con lo mercantil. De esta manera el trabajo de los periodistas puede comprarse y venderse como cualquier mercancía degradada en el mercado. A lo que se ha negado durante sus más de dos décadas de ejercicio inmaculado el colega vapuleado y vejado por unos esbirros que solo conocen el lenguaje de la fuerza. Un compañero ha sido maltratado y arriba de ello tratado de aplastar por la simulación de un supuesto empresario cuya actividad y persona es vista con "buenos ojos" por muchos colegas. En situaciones como éstas yo me quedo con una de las estrofas de Daniela, una de las canciones más aclamadas del gran Guerra: "Daniela es del viento y a veces se entregay pierde cosas pero otras quedanDaniela es un árbol un libro una abejaVolando entre tantas en una colmena" alfonsotorres68@gmail.com Alfonso Torres, periodista
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