miércoles, 10 de septiembre de 2008

A PROPÓSITO DE LA TEMPORADA CICLÓNICA EN EL PAÍS

Ahora que estamos en época de huracanes y que parece que este año será muy activa, a sabiendas que somos un país muy vulnerable y que con bastante frecuencia acontecen tragedias como la de Guachupita, todo el mundo sale a buscar un culpable o los culpables del desamparo, si es el gobierno de turno o son los moradores de esa barriada que no entienden, pero no quiero buscar culpable, solo preguntar ¿cuánto vale la vida de un pobre?

Y entonces recordé un taller que recibí de un profesor chileno en el área de la publicidad. El nos explicaba de los reclamos que se le hacen a los gobiernos y de las respuestas tardías de los mismos, luego de ocurrida la desdicha.

En esa ocasión nos decía que muchas veces los vecinos de un lugar, transeúntes, periodistas, políticos de oposición, la sociedad civil, etc., etc., reclaman por el arreglo de una avenida, la baranda de un puente, por el retiro de un escombro de la calle, el arreglo de una zanja y hasta que no ocurre una desgracia no aparece la autoridad competente, y ahí viene mi pregunta, ¿cuánto vale la vida de un pobre?

La respuesta a mi pregunta es que la vida de un pobre vale, en relación al caso de Guachupita, donde recientemente un alud de tierra enterró a una madre, sus seis hijos y una vecinita, RD$125,000.00, dinero que para muchos funcionarios de alto rango no es más que las monedas que se llevan en el bolsillo, pues su salario es el doble, triple y hasta ocho veces esa cantidad, y que para esa familia pudo ser la salvación, pero para solucionar el problema, un millón de pesos, era mucho dinero para el ayuntamiento del Distrito Nacional.

Ciento veinte y cinco mil pesos en este caso, pero en otros debe valer menos, mucho menos, porque a veces todo depende de la voluntad de alguien. Ojalá en el futuro no pensemos en el dinero, pues no se sabe si dentro de ese grupo de menores fallecido había un Félix Díaz, un Gabriel Mercedes o quizás algún presidente de la República, pero como un millón de pesos es mucho dinero para salvar la vida de un pobre, ahora tendremos que esperar algunos veinte años más, para ver si de esas barriadas marginadas de las que solo nos acordamos cada dos años cuando hay temporada electoral, podremos sacar algún o alguna medallista olímpico o un genio de la física o la matemática.
Por ahora, a propósito de la temporada ciclónica, solo resta pedirle prestada a mi amigo José Armando Polanco una lágrima para poder llorar mis muertos.

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